Psicoanálisis. Psicología. Malestar contemporáneo. Síntomas sociales. Desorden y trastorno. Obesidad. Depresión. Fracaso Escolar. Anorexia. Vigorexia.
Una infinidad de temas sobre los que podremos dialogar. Tus comentarios y preguntas serán bien recibidos.

viernes, 1 de julio de 2011

En busca de la motivación perdida

La motivación es un tema recurrente en las sociedades occidentales basadas en el consumo.  Nunca hemos tenido tantas ofertas, tanta sensación de alternativas y, sin embargo, la ausencia de motivación nunca ha sido tan palpable.
Vamos a dejar de lado las definiciones generalizadas sobre la motivación que fácilmente pueden encontrarse en Internet, lo que me interesa apuntar aquí es ésta particularidad que se presenta cuando, teniendo solucionado el sustento más básico: alimento, vivienda, etc., la motivación se presenta como un problema cotidiano.  Esto es: aquellos que aun teniéndolo "todo" están desmotivados.
Hay un acuerdo más o menos general dentro del campo de la psicología que la motivación no es algo que se vincule ni a la voluntad ni a la razón.  Esto significa que no es tan fácil sentirse motivado hacia algo por obligación o por cumplir con un mandato.  Más aún, suele ser un bastión de rebeldía muy común en la adolescencia.
De cualquier manera, la motivación que no se vincule a necesidades vitales (hambre, sed, sueño) es un elemento de intersección entre los seres humanos.  La motivación tiene que ver con las expectativas que tenemos de los otros tanto como las que ellos tienen de nosotros.  Esto es algo que en los niños se aprecia más claramente: el bebé suele distinguir imágenes y sonidos que le son destacados por los padres o quien se ocupe de cuidarlo, es decir, de las personas que para el son importantes.  Si la madre señala con evidente alegría a las aves que cantan en el jardín por ejemplo, el bebé aprenderá rápidamente a distinguirlas.  Por supuesto que estas acciones que realizan los padres no son tampoco conscientes, pues, recordemos, partirán así mismo de su propia motivación; por captar la atención del niño, por hacerlo sonreír, por demostrarle su amor de una u otra manera.  En este sentido, no sería difícil suponer de dónde parte la motivación, si, de los otros que reciben al nuevo sujeto en este mundo de infinitos objetos y posibilidades.
No estaría demás considerar este aspecto, dado que uno de los grandes problemas que se presentan en el ámbito educativo hoy en día es justamente la falta de motivación de algunos niños por aprender.  Estos niños suelen engrosar las listas de los distintos trastornos para explicar algo que quizá tiene que ver con la trasmisión de un deseo que se traduce en: "estar motivado por algo".  Así, que el bebé siga con sus ojos encantados al pequeño colibrí que le señala la madre con genuino interés, imprimirá en él la condición para que más tarde su deseo se dirija hacia "algo".  En esta búsqueda el podrá encontrar por ejemplo, un mayor interés en las clases de ciencias o en los cuentos sobre animales.  Pero también será fundamental que quien trasmita, en esta edad tan fundamental, no trasmita solo conocimiento, sino también una pasión que es en definitiva el corazón que late en toda motivación.  Ese "algo" que nos hace interesarnos por un tema o una actividad, conserva su núcleo de misterio.  En cierta forma es solidario de la lógica que implica el enamoramiento, ese no se qué que lleva a que alguien o algo me guste, más aún, me apasione
Por último, quiero destacar el carácter cambiante y móvil de la motivación que nos lleva a entender por qué a veces se ausenta sin que esto signifique necesariamente que tal persona carece de motivación pues son muchas las circunstancias que pueden incidir sobre ello.  Recordemos pues el origen etimológico de la palabra que deriva del latín "motus" que significa movido o también, "motio" que nos conduce más claramente a la idea de movimiento.  La motivación entonces es solidaria del movimiento, cualquier situación de estancamiento la extingue.  Podemos pensar este estancamiento desde todo aquello que se repite, hasta aquello que satura.   Así, el consumo exagerado de cualquier índole suele relacionarse con un aplanamiento del deseo.  Para que la motivación surja, a veces, hay que abrir espacios, dejar que el tiempo fluya a su ritmo para poder encontrarnos con aquello que mueve nuestra inquietud, nuestra pasión, nuestro más genuino interés.

sábado, 25 de junio de 2011

Efectos psicológico del consumismo

Vivimos en tiempos en donde lo intimo ha traspasado la barrera que lo separa de lo público.  Internet ha hecho posible que éste salto se haya realizado con rapidez y de forma masiva. Nuestros problemas, miedos y anhelos, parecen haberse escapado de los límites que la intimidad recela, para aparecer en diferentes páginas “web” que ofrecen una solución a todo aquello que nos aqueja. Esta situación produce que casi todo este ofertado en una gran vitrina.  “Nothing is imposible” es el eslogan primordial que desde la publicidad llega a cada rincón del planeta.  De esta forma se tiene la sensación de que podemos inventarnos a nosotros mismos y si fallamos en la realidad, aun nos queda el mundo virtual. 
    
Así visto, no parece haber límites para alcanzar nuestros sueños, y en la feroz carrera por vender, (no olvidemos que uno de los pilares mas fuertes de la economía es el consumo) asistimos a la eliminación de los espacios vacíos.    Espacios vacíos que podrán ser llenados de objetos: tecnológicos, ropa de moda, anuncios, urbanizaciones y por qué no, comida.  Cada uno optará por una manera de intentar saciar la voracidad que nuestro tiempo se ha dedicado a fomentar. 
    
Las paradojas que produce en el ser humano éste señuelo de creer que todo es un producto  a adquirir son infinitas.  La mayoría se muestran en lo psicológico. De esta forma, una mujer se someterá a una liposucción, un lifting, un implante de senos, y así, mientras espera no quedar fuera de la mirada masculina.  El quirófano ha dejado de ser primordialmente un espacio donde salvar vidas, para pasar a ocupar un lugar en la agenda de programas de belleza y rejuvenecimiento hechos a medida   Sin embargo, los productos del mercado se muestran insuficientes, pese a lo que prometen para suplir o resolver un problema de índole emocional.   Se busca así la solución en un lugar erróneo. 
    
Como es lógico suponer, la sociedad tiene una enorme influencia en la manera en la que construimos nuestras relaciones y nuestras representaciones del mundo.  Por esta razón también cada época genera el aumento o, en algunos casos, la aparición de un nuevo síntoma.  Si hablamos de problemas psicológicos nos encontramos, por ejemplo, que se han incrementado  los cuadros depresivos y los casos de anorexia y bulimia.  Las múltiples formas en las que el ser humano pone en evidencia la insaciabilidad de la demanda de las sociedades de consumo, son también una manera de defenderse y preservar así la subjetividad.   Los desordenes alimentarios son un claro ejemplo de ello.  Pasando de un polo a otro de este vacío inconmensurable cuya grieta vamos encontrando difícil de cerrar.  Tanto quien engulle en exceso, como quien no engulle, también en exceso, dan muestras de algo imposible de saciar.   Irónicamente, a medida que nos vamos haciendo más globalizados, nos hacemos también más gordos.  Este incremento en la subida media del peso en la población mundial, es algo que viene sucediendo desde la década de los 70 y que se suele relacionar principalmente con un mayor poder adquisitivo y un descenso en la actividad física, sobre todo en niños y adolescentes.  Si bien esto es así, seriamos injustos sino consideráramos que hay una causa emocional en este aumento de ingesta calórica. 
    
No es de extrañar que los métodos clásicos para bajar de peso, los de toda la vida, como son: el ejercicio y las dietas (bien llevadas), que requieren de tiempo y constancia para su éxito, suelen abandonarse.  Acostumbrados a lo que nos vende el mercado, esperamos  resultados inmediatos; y no siendo así, se renuncia a ellos brincado de dieta en dieta, o adquiriendo aparatos de ejercicios que terminan apilados en el trastero. 
   
La vida moderna, poblada por múltiples ocupaciones y sumergida en un laberinto de opciones, hace difícil que podamos reflexionar acerca de cuánto de estas situaciones con las que convivimos diariamente nos afectan emocionalmente.  Inmersos en este universo cotidiano exuberante en imágenes y murmullos, nos resulta difícil encontrar el tiempo del silencio.  Un tiempo que nos convoca a disfrutar de la vida justamente porque ésta no es para siempre.  Es el tiempo que tenemos que estar dispuestos a dar para que surja aquello que vale la pena: el tiempo que necesita una relación para afianzarse, para que nuestros sentimientos afloren o para terminar una carrera.  Un tiempo ajeno a relojes y agendas: es el tiempo para conocer a nuestros hijos, para reconocer a nuestra pareja, para reencontrarnos en cada edad con nuestros padres y hermanos.  Un tiempo imposible de medir; por ello, singular. 
  
Es el tiempo de los espacios vacíos, aquellos que nos invitan a contemplar, a imaginar, a crear; en donde algo nuevo siempre podrá surgir.


miércoles, 6 de abril de 2011

¿Terapia online?

En estos tiempos en los que la presencia en Internet parece ser cada vez más necesaria, al punto que se suele escuchar "si no estás en Internet no existes" como si de un universo paralelo se tratara, es lógico que las terapias psicológicas estén buscando un espacio posible también en el mundo virtual.  

Ahora bien, hasta el momento los artículos y páginas que justifican la validez de las terapias en Internet me resultan más una estrategia de venta que otra cosa.  Se dicen cosas como que la ventaja de esta novedosa alternativa, al igual que sucede con la terapia telefónica, es que al paciente le resulta más fácil hablar de ciertas cosas, revelar ciertos asuntos.  Seguramente esto será cierto, pues hablarle a un ser incorpóreo resultará más sencillo que hacerlo en presencia y desde mi punto de vista, el que la terapia se desarrolle vía Webcam no cambia sustancialmente el hecho de que uno se dirige a alguien que en presencia, no está.  Esto que sin duda se ve como una ventaja, se asemeja más a lo que sucede en una confesión que a una psicoterapia por diversas razones.

Voy a hablar solo de alguna de ellas para no extenderme demasiado.  En primer lugar, en la terapia importa no solo lo que se relata sino el cómo se relata, en qué momento se decide hacerlo, qué sucede cuando el paciente habla de ello.  Así, no será lo mismo quien llega a la primera consulta para desahogarse de un secreto pesado que lo aqueja desde hace algún tiempo, que aquel que se decide a hablar de ello luego de uno o dos meses o inclusive más tiempo.  No será lo mismo quien vuelva a ello varias veces, que aquel que evite tocar el tema nuevamente.  Todo esto cambiará sustancialmente si la persona puede hablar de ello desde la comodidad de su casa, quizá en piyama, mientras ojea un libro o inclusive con una copa de vino.  

El segundo motivo, ligado al primero, es que todos sabemos que no es lo mismo un encuentro virtual que uno presencial.  Lo saben de sobra quienes han establecidos relaciones de amistad a través de la red.  He sabido de varios casos de personas que se han enamorado vía chat, email, Webcam, solo para ver caer su ilusión en el momento en el que la relación dejó el plano virtual.  Esto tiene su fundamento tanto clínico como teórico en el cual no puedo extenderme aquí, baste decir que eliminada la presencia física quitamos de la ecuación una de las esferas que componen la realidad. 

La presencia física impregna el espacio de cualidades que son la mayoría de las veces difícilmente definibles.  Así, hablamos de química, de mala vibra, energías positivas o negativas y hasta un no se qué que escapa finalmente a la conciencia.  Junto a este plano físico y material, esta la esfera de la fantasía que junto con lo simbólico que representaría todo aquello que se refiere a los límites y leyes, constituyen lo que llamamos realidad.  En psicoanálisis al menos son necesarios los tres para que la terapia produzca sus efectos.
Ahora bien, no por ello descarto la utilidad que pudiera tener una intervención en el espacio virtual, pero se tratará de eso: de un intervención puntual destinada a abrir la posibilidad de iniciar un tratamiento. 

Hay situaciones particulares que sin duda podrían verse beneficiadas por la herramienta virtual, como sucede con los casos que por alguna razón el paciente no puede acudir a un consultorio; ya sea porque padece una fobia que no le permite salir o una enfermedad en la cual es preciso que haga reposo, por mencionar solo algunos casos.  

Ahora que todo o casi todo parece reclamar su lugar en la Web, valdría la pena situar también los límites del espacio virtual para no extraviarnos en la fascinación del "todo es posible" que el mercado sustenta.


miércoles, 2 de marzo de 2011

¿Hablar de lo que nos pasa o ser diagnosticado?


Aquí les dejo una parte de un documental muy interesante sobre el mal uso de la psiquiatría (el documental es largo y pueden encontrar todas sus partes en youtube).  Insistiendo en lo que ya mencioné en entradas anteriores, lejos de satanizar a la psiquiatría, creo que es importante pensar que este asunto del acudir a la consulta del psiquiatra o psicólogo para obtener un diagnóstico y pensar que eso es ya un tratamiento en si mismo, no es aislado de lo que las personas buscamos.

En cierta forma la psiquiatría está respondiendo a un pedido que hacemos sin darnos cuenta.  Queremos saber lo que nos pasa, queremos que nos curen; pero, en el terreno del dolor psíquico habría que empezar por cuestionar la palabra cura.  En medicina curar es eliminar el elemento que causa la enfermedad, ¿es esto posible cuando se trata del dolor psíquico? ¿Eliminar un síntoma psíquico por medio de un medicamento? 

La cura del dolor psíquico se plantea de una manera totalmente distinta porque somos el resultado de una compleja interacción entre nuestra historia personal, las circunstancias familiares y sociales en las cuales nacimos y crecimos, los avatares de la existencia, aquello que nos vamos encontrando en al vida, lo fortuito tanto como las decisiones que tomamos y nuestro potencial genético.  La causa de la problemática de índole psicológica se construye para cada persona porque cada uno tiene una configuración diferente basada en esta interacción de elementos únicos.  ¿Cómo aislar en un laboratorio una sola variable y pretender llegar a la verdad de la causa?  ¿Cómo pretender hacerlo a través de cuestionarios y estadísticas que configuren un perfil?  

La psicoterapia es así un tratamiento que implica la búsqueda de esta verdad única y diferente para cada caso.  Escuchar e intervenir sobre aquello que el paciente lleva a la psicoterapia es basicamente la técnica que emplea el psicoanalisis, que, no hay que olvidar, también ha sido duramente criticada.  Hay que recordar que la psicoterapia es y ha sido siempre una oferta para aquellos que sufren. 

La pregunta que me hago y comparto con ustedes es la siguiente ¿por qué preferimos ir a un médico a que nos de un diagnóstico y una receta en lugar de contar lo que nos pasa, hablar de lo que nos duele, buscar alguien que nos escuche?

martes, 22 de febrero de 2011

¿Cúando ir a un psicólogo?

En estos días he recibo varios mails pidiéndome que hablara de los síntomas de la depresión y otros problemas frecuentes dentro del ámbito de la salud mental.  Entiendo la analógica que solemos hacer entre los síntomas emocionales y los físicos, entre la medicina y la psicología.  Entiendo también que en muchísimos casos esta diferencia sea difícil de percibir.  Esta preocupación válida que tienen las personas cuando van a consultar a un médico y que se expresa de forma general en la frase “¿qué tengo doctor?”  Y cuya respuesta supone un alivio en tanto elimina el agobio que produce la incertidumbre de “no saber”.  Es cierto que muchas veces el médico no responda a esta pregunta, que haya que esperar el resultado de los análisis, sin embargo, nosotros insistimos, “¿Ud. qué cree que pueda ser?” y con una conjetura del médico es suficiente para reducir un poco el estrés que el no saber implica.

Imagino que el pedido de que describa los síntomas de la depresión por ejemplo, va por ese lado.  Bien podría aquí enumerar las muchas manifestaciones de la depresión y algunas de sus posibles causas, seguramente quienes lo leyeran lo harían buscando encontrarse en ellos y saber al fin si tienen o no depresión.  

Como la lista de síntomas de la depresión o los ataques de pánico o el trastorno bipolar y de la personalidad están por todas partes, a mi me gustaría contestar este pedido con una pregunta: si uno esta buscando en Internet si padece o no depresión o si es un familiar cercano quien lo padece, ¿no es esto ya señal de que el dolor emocional ha traspasado ya la frontera de lo manejable?  Si sentimos la necesidad de saber si algo va mal con nosotros en el sentido emocional, me parece que éste es ya un motivo suficiente para pedir ayuda.  Entonces, si sentimos una tristeza de la que no podemos salir y arrastramos los pies cada mañana para iniciar el día, si estamos irritables al punto de tener discusiones casi a diario, si llevamos noches sin dormir o no podemos levantarnos de la cama.  Si estamos envueltos en el círculo vicioso del sobrepeso y la depresión y no sabemos ya si nos deprimimos por esos muchos kilos de más o ganamos esos kilos de más porque estamos deprimidos.  Si hemos perdido el interés y ni la familia, los amigos, el trabajo o las pequeñas cosas de la vida que antes nos daban aliento para seguir adelante tienen ya mayor importancia.  Cualquiera de estas situaciones, pero también, otras que nos lleven a buscarnos retratados en un diagnóstico en Internet, merecen por si solas la oportunidad de ser atendidas, pues el tiempo suele jugar en contra.

lunes, 14 de febrero de 2011

¿Problema psicológico o enfermedad mental?

Hace poco me encontré con este breve pero contundente reportaje sobre las super ventas de psicofármacos.  Siempre que encuentro este tipo de discursos me surge la pregunta sobre qué podemos hacer para cambiar cierta tendencia que se muestra exagerada o, también, cómo contribuimos a que esto se presente de esta manera y no de otra. 

 Muchas veces cuando se dicen cosas como: “es cuestión de marketing”, “lo que pasa es que fulano o sultano se saben vender” y cosas del estilo, da la impresión de que es finalmente el mercado quien determina el resultado de las cosas.  Si bien esto no está muy lejos de la realidad, hay algo que casi nunca mencionamos y es que, si el mercado vende es porque nosotros compramos.  La única manera de ponerle freno a lo que el mercado nos vende, es detenernos a pensar, por ejemplo: leer las etiquetas en el super, pensar si necesitamos realmente tal o cual producto, etc.   Finalmente tomar en cuenta que “El mercado” lo hacemos nosotros.

Cuando se trata de temas de salud, esto resulta aún más complicado.  Imaginemos que tenemos un dolor intenso de cabeza o en cualquier otra parte del cuerpo, en esta situación nos será muy difícil concentrarnos, pensar en otra cosa que no sea el dolor que nos aqueja.  Si tenemos una pastilla a la mano que sabemos nos quitará el dolor, apelamos sin demora a ella, si por el contrario el dolor escapa a nuestra experiencia, vamos al médico.  El médico nos mandará a hacer análisis si la cuestión no se mostrara evidente con una breve revisión, es probable que mientras llegan los análisis nos recete un efectivo calmante.  La cuestión puede terminar simplemente ahí o requerir de algún tratamiento más prolongado, pero la mayoría de las veces, serán claros los resultados y por lo tanto también el tratamiento o paliativo, si lo que nos sucede carece de una cura.

¿Qué sucede cuando el dolor es producto de un problema que no se origina en el funcionamiento del organismo?  La psiquiatría, como una especialidad de la medicina, ha tratado los síntomas psíquicos de la misma manera en la que la medicina trata a las enfermedades del organismo.  Para ello ha desarrollado hipótesis que suelen confirmar a través de una historia clínica, buscando reiteraciones de síntomas, tanto en la persona como en los parientes directos, otras veces se recurren a cuestionarios y test. 

No es preciso satanizar, el antidepresivo o el ansiolítico, como el ibuprofeno, pueden ser una solución momentánea y puntual.  Así como no es bueno vivir tomando ibuprofeno permanentemente, tampoco será bueno hacerlo con el antidepresivo.  La diferencia radica en que, si usualmente el ibuprofeno permite manejar el síntoma molesto que causa dolor mientras se atiende la cusa real que lo produce, el antidepresivo se suele tomar como único tratamiento para atender un dolor psíquico cuya causa se desconoce. 

¿Por qué existe una demanda en aumento para los medicamentos de uso psiquiátrico?  La razón de ello debemos buscarla en nosotros mismos.  Ante la oferta de una pastilla para aliviar los síntomas depresivos y una psicoterapia, la mayoría de la gente opta por la primera por muy diversas razones.  Ya sea porque el psiquíatra goza de un mayor prestigio que el psicólogo o porque se percibe al tratamiento farmacológico como más afectivo y rápido.  El otro motivo que muchos encontrarán luego de haber realizado el intento con un tratamiento psicoterapéutico es que éste requiere de un compromiso y un trabajo por parte del paciente.  

Ante la medicina somos sujetos pasivos, ante la psicoterapia, todo lo contrario.  Hablar de nosotros y de lo que nos pasa suele ser de por sí un alivio, pero, al igual que la pastilla, el alivio será solo pasajero.  He tenido oportunidad de escuchar a mucha gente decir que antes que contarle sus problemas a un extraño, lo haría con un amigo, si de hablar se trata.  Aquí hay una confusión muy extendida, pues si bien al paciente se le pide que hable de lo que se le ocurra, el psicoterapeuta no escucha su discurso de la misma manera en la que lo escucharía un amigo y, lo más importante, no interviene tampoco de la misma forma.  No voy a intentar resumir cuestiones técnicas que suponen años de formación, pero si me parece importante señalar esta diferencia entre un tratamiento que no requiere mayor trabajo por parte del paciente, salvo la de seguir las indicaciones del médico sobre la cantidad y frecuencia de la toma del medicamento, frente a otro, mucho menos solicitado, que requiere por el contrario de un trabajo.

Somos una sociedad consumista, y para que la espiral del consumo no se detenga, siempre se requerirá de la creación de nuevos productos a ser consumidos y necesidades que antes no existían; es la ley que asegura la actividad y crecimiento del mercado.  La medicina no es una ciencia exacta, tratamientos hoy considerados eficaces mañana son relevados por otros más eficaces aún.  En el campo de la salud mental, esto es aún más cierto.  La psicoterapia por el contrario prueba su verdadera eficacia con cada paciente, pues el dolor y el síntoma psíquico de cada paciente tendrán una particularidad única y sería pretencioso suponer que una pastilla pueda ser efectiva para todas ellas.  

La mayoría de la gente suele diferenciar un problema psicológico de una enfermedad mental, esta última usualmente está definida con un diagnóstico, que, como bien señala el reportaje, va aumentando su lista en cada publicación del DSM que es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Como ya he señalado en entradas anteriores, las palabras suelen también funcionar muy bien para escondernos, ser tímido puede terminar siendo una perfecta excusa para no dar un paso adelante y evitar el fracaso por ejemplo.  De la misma manera recibir un diagnóstico psiquiátrico conlleva esta contradicción, por un lado nos da seguridad al recibir por parte del profesional al fin una respuesta a nuestro padecimiento y por otro lado, nos detiene al colocarnos un cartel que señala que algo no está bien en nosotros.

Son muchas las críticas que se han realizado al DSM y a la cantidad de diagnósticos que aumentan en cada publicación hasta llegar a situar a un porcentaje altísimo de la población con algún tipo de “trastorno” lo que los vuelvo por ello, candidatos a recibir alguna de la medicación disponible.  A pesar de ello, la población en general está lejos de acudir en proporciones siquiera cercanas a la consulta del psicoterapeuta que puede ofrecer un tratamiento no farmacológico.  Aunque esto pudiera entenderse dentro de la población con una situación económica difícil, no cambia mayormente dentro de la población con amplios recursos económicos.

martes, 8 de febrero de 2011

Psicología o economía de las pasiones

Que la situación económica es uno de los temas que más preocupa en estos tiempos, es algo palpable en la cantidad de artículos que podemos encontrar sobre ello en Internet.  Reestructuración de deudas, quiebras del sector financiero, hipotecas subprime y un largo etcétera intentan explicarnos cómo se ha llegado hasta aquí y cuáles son las perspectivas a futuro.  Como yo de economía se poco y nada, suelo leer estos artículos desde mi formación profesional: como psicóloga y psicoanalista.  

De manera general, hay dos cuestiones que me tienen interesada desde hace ya un tiempo acerca de las manifestaciones del aspecto psíquico en el campo económico.  Una es esta afirmación de que uno de los elementos en los que se basa el crecimiento económico está en el consumo humano y la otra, que uno de los factores de la crisis actual es el endeudamiento de la población.  Es decir, el sistema económico descansa en gran medida en que compremos y el sector financiero se nutre de vendernos dinero para ello. 

La psicología humana es sumamente compleja y aun así, se la percibe como algo casi trivial.  Encontramos artículos de todo tipo, sobre cualquier tema, comentarios rápidos y simples de profesionales entrevistados en algún programa de TV, investigaciones que unen un par de variables y llegan a conclusiones cuya obviedad da la sensación de que esta es una disciplina que todos, por experiencia propia, conocemos bastante bien. La razón de ello es que lo más complejo de esta disciplina sucede en un consultorio, cuando tenemos que trabajar con aquello que no es reproducible en un laboratorio ni cuantificable en un test.

Entonces, pese a la aparente simplicidad de los postulados psicológicos, sin embargo, es justamente el factor psicológico aquello da por el traste a las predicciones económicas.  En cierta forma, la economía es el intento de calcular y predecir las conductas humanas, pues el mercado, finalmente, se alimenta de ellas.  Pasiones humanas que son las que nos llevan a comprar o vender, migrar, estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, formar una empresa, etc.  Establecer bajo qué condiciones se toman este tipo de decisiones, resulta fundamental para cualquier proyecto de índole económica.   Fórmulas matemáticas que dan cuenta de ciertas fluctuaciones y ritmos del mercado, esconden tras de sí conductas de este tipo, un universo infinito de posibilidades.

Muchas veces parece que cuando hablamos de economía nos referimos a un ente autónomo que sigue adelante cumpliendo un propósito, otras, ese ente toma la forma de los políticos de turno.  Si bien todo esto es cierto, como es cierto que el todo no es igual a la suma de sus partes, resulta interesante detenerse a reflexionar que aquello que alimenta el mercado son nuestras pasiones: miedos, anhelos, envidias, rivalidades, y, quiza el factor psicológico más importante para el resultado en materia económica: la imitación, o si quieren, contagio.  Si soltamos una bola de papel en una plaza abarrotada de gente al tiempo que gritamos: ¡granada!, lo más probable es que se produzca una estampida que termine con la vida de muchos.  Quizá el objetivo era dispersar a la gente y este habrá sido finalmente cumplido, con algunos daños colaterales.  

Aún cuando hayamos pasado por una situación similar, aun cuando nosotros no caigamos en la trampa, otros lo harán, y la historia se repetirá en una versión propia, aquí uno de los elementos imposibles de predecir: cuándo y cómo se actualizarán los mismos factores para determinan un resultado similar al anterior.  Por eso las crisis siempre se desencadenaran bajo una temporalidad y modalidad propia.  Por ejemplo, la burbuja inmobiliaria explotaría en algún momento, pero no se sabía cuándo ni la magnitud de la crisis ni, sobre todo, la velocidad de la recuperación.  

Los seres humanos olvidamos rápidamente, esto cumple una función defensiva.  Por ejemplo, olvidamos la mayor parte del tiempo que somos seres mortales y por ello actuamos como si fuéramos a vivir para siempre. Olvidamos el dolor sufrido tempranamente porque de no ser así nos costaría aun más levantarnos cada día. Así se explica que olvidemos que nuestros padres o nuestros abuelos o nosotros mismos, hemos pasado por una situación de crisis económica.  De esta manera, si todos a nuestro alrededor estan comprando su casa, envidiamos su felicidad y nos apresuramos a comprar la nuestra.  En este sentido es que el psicoanálisis postula que el olvido es justamente el camino que conduce directamente a repetir y repetir es recordar, no ya en la rememoración, sino en acto.  

En el 2002, Daniel Kahneman, ganó el premio novel de economía "por haber integrado los avances de la investigación psicológica en la ciencia económica especialmente en lo que se refiere al juicio humano y a la adopción de decisiones bajo incertidumbre".  No he leído el trabajo de este señor pero es sorprendente que esta interrelación entre la economía y la psicología humana siga siendo, en la práctica, tan ignorada en la mayor parte de los artículos que circulan por internet, y dudo que sean tomados en cuenta a la hora de aplicar políticas económicas

Hagamos una última comparación: si la economía basa sus predicciones en leyes probabilísticas y curvas estadísticas, la psicología hace lo propio a través de la creación de perfiles.  Así, terminan moviéndose bajo estos modelos representativos que sirven para predecir y/o diagnosticar.  La razón por la cual muchas veces estas predicciones y diagnósticos no son acertados es que siempre habrá algo incalculable e inclasificable que nos de vuelta la tortilla.  Para el psicólogo que trabaja en el ámbito clínico y sobre todo  para el psicoanalista que trabaja más allá de los perfiles, la pericia consistirá en saber operar con esta incógnita, hacerla surgir en el marco del consultorio.  Cuando el ser humano sufre, a diferencia de la economía que toma cada caso particular como un daño colateral del que cual no puede ocuparse, el psicólogo trabaja con el sufrimiento que no es compartible, ni medible o estadarizable.  El sufrimiento es único, aunque el motivo pueda ser parecido: una ruptura de pareja, un fracaso laboral, la manera de pasar por el será, para cada ser humano, diferente.  Por otro lado, las variables que intervienen para que una persona sea de una manera y no de otra son incontables y siempre, en todo intento de definirlas alguna siempre se escapa, es el signo de la diferencia absoluta que nos define

miércoles, 2 de febrero de 2011

La factura psicológica de la crisis

Últimamente he recibido muchas consultas a causa del malestar que por una u otra razón la crisis produce: angustia, ansiedad y depresión sobre todo, pero también: crisis de pareja y problemáticas relacionadas con los hijos.

Que las crisis de cualquier tipo producen un sacudón en la vida, forma parte ya del saber popular, pero, ¿qué efectos tiene y cómo se manifiestan sus consecuencias?, ¿cuál es la factura y el monto que estas crisis pueden provocar? Lamentablemente esta suele ser una cifra que se contabiliza tarde y mal.

Alguien me dijo una vez que la terapia y las clases de música son cuestiones que suelen posponerse indefinidamente. Es así que quienes llegan finalmente al consultorio de un psicólogo, psiquiatra o psicoanalista, lo hacen porque ya no pueden más, porque pagan la factura muchas veces con el cuerpo: yendo de médico en médico para que les de una respuesta a su malestar, el mismo que muchas veces ingresa en la gran bolsa de enfermedades cuya causa es imposible de determinar. 

Es común escuchar cuando alguien se queja de un síntoma físico recurrente “es psicológico” como si esto lo hiciera automáticamente más manejable. Entonces, respiramos aliviados pues el mal no es físico, no hay medicina ni tratamiento necesario para su curación y ahí viene la pregunta: ¿de qué manera entonces lidiamos con un síntoma físico que es en realidad psicológico? ¿Cómo es que el cuerpo puede enfermarse por problemas emocionales? Pero esto es así, y su funcionamiento resulta aún más enigmático que el del cuerpo humano. Pensamos que se va a resolver solo, que ya pasará, que no necesitamos a un profesional de la salud mental para atacar un problema que podemos resolver nosotros mismos, en todo caso, si la cosa se extendiera un poco, buscamos respuestas en Internet. Esto quizá funcione para algunos, pero para muchos otros la cosa no se resuelve tan fácil, el síntoma persiste. La desesperación es difícil de sobrellevar y por ello, la mayoría de las veces, mala consejera. 

La solución que la sociedad ha terminado por ofrecer a los problemas psicológicos no es un tratamiento psicológico también, sino uno médico. Tenemos a nuestro alcance una inmensa variedad de medicamentos dirigidos a aliviar el malestar físico cuya causa no es física, aunque ahí sea donde se manifieste. Es más que probable que el síntoma en cuestión desaparezca por un tiempo, que será variable según la gravedad de la situación y la persona, pero no atendida su causa de origen emocional, el problema retornará; aunque esto si, como es psicológico, es posible que no de la misma forma. Esto es así porque los problemas emocionales no tienen un punto localizable como si lo tienen los órganos por ejemplo. Hoy la ansiedad se manifiesta en ataques de pánico, mañana en una voracidad compulsiva y pasado en una irritabilidad insoportable. Las consecuencias de todo esto para la persona, la familia e inclusive la sociedad, son difíciles de cuantificar. Pero podemos pensarlo como un malestar silencioso que en algún momento encontrará la forma de salir a la superficie, la forma que lo haga dependerá de muchas cosas: la intensidad, el tiempo, la historia particular de cada caso, etc. 

Los tratamientos psicológicos son caros, porque son largos, no existen formulas rápidas porque se trabaja con ciertos supuestos, porque hay que poder seguir adelante con varias incógnitas, pues el profesional de la salud mental esta lejos de ser un mago o adivino; requiere paciencia y constancia y enfrentarse con un dolor que hemos aprendido a enterrar por mucho tiempo. Hay algunos países como por ejemplo Reino Unido, que han aprendido a incorporar a los psicólogos y psicoanalistas en su sistema de salud pública, pues es una manera de contener a las personas que no pueden pagar un tratamiento privado por tanto tiempo y que saben da mejores resultados que dejarla libradas a su suerte; ya que, seria absurdo suponer que esto no tiene consecuencias para la sociedad, dado que los problemas de tipo psicológico son altamente incapacitantes.

lunes, 31 de enero de 2011

Enfermedad mental: ¿etiqueta o verdad?

Hace poco me llegó este video de youtube que me llevó a la siguiente pregunta:

¿Cómo entiende la gente en general a los problemas de salud mental?  ¿Cómo ha cambiado y afectado a la manera de relacionarnos con nuestros afectos, frustraciones, síntomas psíquicos, la forma en la que la psiquiatría particularmente, entiende y define a la enfermedad mental?

Como en muchos otros campos del saber, internet tiene mucho que ver en la trasmisión  de información que recibimos en estos temas.  Así que el video acierta en subrayar este abuso de diagnósticos. pero al mismo tiempo cae en esta tendencia a colocar todo en la misma bolsa.

¿Por qué digo esto?  El video me gusta porque denuncia el abuso, cada vez más intenso, del diagnóstico psiquiátrico, la tendencia a patologizar conductas y estados emocionales que no por ser diferentes y molestos o provocar sufrimiento, requieren de un diagnóstico que las más de las veces resulta imposible  de remontar para la persona que lo recibe.  De tal forma que una vez hecho el diagnóstico, este suele acompañarlo para el resto de su vida, cronificando de esta forma aquello que justamente se quiere eliminar.

Parece existir una necesidad imperiosa por predecir y anticipar aquellas conductas que se consideran de una u otra forma malsanas para la sociedad.  Así, son ahora los niños y adolescentes quienes se ubican en la mira de la salud mental.  Esto conlleva por supuesto su lado positivo, pues es cierto que muchas veces con una intervención mínima, se pueden ahorrar muchas penas; pero también es cierto lo contrario, que muchas veces por buscar una explicación a lo diferente, se adelante o sugiera un diagnóstico de forma apresurada.  Los padres entonces, angustiados por el futuro del niño o el adolescente, aceptan la etiqueta sin saber las consecuencias.  El niño crece sabiéndose distinto pero en un sentido negativo, es hiperactivo o desafiante, etc.

¿Cuál es entonces el valor de un diagnóstico? para el paciente, casi ninguno. Es verdad que muchos sienten una especie de alivio al saber al menos que le pasa a su pequeño, como si la palabra por si misma eliminara otras posibilidades.  Pero lo cierto es que un diagnóstico a tan temprana edad en el campo de la salud mental, es un diagnóstico siempre entre comillas y por eso, su principal función es la de orientar el tratamiento, esto quiere decir que es un diagnóstico para el profesional y no para el paciente.  Para este, la palabra bipolar, trastorno de la personalidad, etc, tendrán un significado distinto a aquel que le da el médico, significado que muchas veces queda oculto tras un silencionso malestar.  Esto es así porque el sentido de las palabras recorre extensos caminos, difieren de una persona a otra, de una cultura a otra.

El video resulta acertado para subrayar esto, por eso las etiquetas que se quitan y se cambian por otras, dando a entender que es justamente eso, una palabra y como tal, su significado una convención que tiene más o menos sentido de acuerdo al contexto y al lugar de la persona que la utilice.  Pero también, promueve un malentendido al sugerir que ciertas problemáticas que requieren de ayuda profesional, puedan ser solo personalidades incomprendidas, cambiar la etiqueta de trastorno bipolar por la de artista puede contribuir también a fijar un estereotipo.

Por supuesto no le toca a la gente en general diferenciarlas, nos toca a los profesionales no promover los diagnósticos como si de salvavidas se trataran. Algunos de ellos requerirán un tipo de tratamiento muy diferente a otros y en ningún caso el diagnóstico debería funcionar ni de tapón ni de muleta para que quien este sufriendo, se quede detenido en el peso que el sentido de la palabra produce.

lunes, 12 de abril de 2010

El ideal inalcanzable: autocontrol y autodominio

Internet no es sólo una gran fuente de información, también nos da la posibilidad de discernir cuales son las ideas hegemónicas de nuestra época. En el campo de la salud mental, son muchas las palabras que se repiten  en casi todas las páginas de psicologia. En este breve artículo quiero tomar sólo dos de las más representativas: autocontrol y autodominio.

La psicologia se apoya, en líneas generales, en la noción de un individuo capaz de gobernarse a sí mismo con un poco de voluntad y esfuerzo. Así es como, tanto para tratamientos con adultos como con niños, se promueven técnicas para controlar conductas malsanas para el tejido social. Lo que toca entonces es reparar esa conducta que encuentra su predisposición en la genética y su afianzamiento en una mala conducta aprendida.

Ataques de panico, depresiones, ataques de íra y una larga lista se incluyen bajo esta perspectiva de tratar el problema. La idea que queda implícita, tanto para las problemáticas antes mencionadas, como para manejar el estres e inclusive la manera de educar a los hijos, es que hay un manual, una serie de lineamientos ideales que habría que poder llegar a interiorizar si queremos vernos incluidos en el grupo de los seres normales. Está claro que tratándose de un ideal uno no puede más que quedar lejos de él.

Los ideales emergen cada vez con más contundencia bajo los diversos canales de comunicación social. Pongan la palabra autocontrol y autodominio en cualquier buscador de Internet y verán que lo que aparece es más o menos lo mismo.

Veamos por ejemplo esta cita tomada al azar de una página de Internet: “El autocontrol es la capacidad que nos permite controlar a nosotros mismos nuestro comportamiento y emociones y no que estas nos controlen, sacándonos la posibilidad de elegir lo que queremos sentir y hacer en cada momento de nuestras vidas.” ¿Es esto a lo que aspiramos? Lo que es increíble es que se piense que uno puede elegir qué sentir. Esto implica también elegir qué no sentir y en este caso, ¿qué es lo que queremos eliminar del campo de los sentimientos? ¿La sensación de fracaso?, ¿el dolor de existir?

Los sentimientos suelen ser brújulas, nos indican hacia donde nos dirigimos, si eliminamos algunos eligiendo qué sentir y qué no, justamente lo que eliminamos son las señales de hacia dónde vamos, como si elimináramos la señal que indica que se aproxima una curva o peor aun, una señal de “stop”. Preguntarnos por qué sentimos esto o aquello, por qué respondemos de tal o cual forma a una situación, nos acerca a la esencia de lo humano. Controlar los sentimientos, aplacarlos sin preguntar de donde o por qué vienen, nos acerca a un ser ideal en el que se pueda eliminar aquello que no nos gusta o nos estorba.

Sentimientos como la íra, la tristeza, el estres o inclusive la violencia, tendrían más oportunidad de aplacarse, si en lugar de gastar energía en tratar de controlar lo imposible de controlar, los afrontáramos como un enigma a descifrar, algo que quedó marcado de cierta forma particular y que hoy no encuentra otra manera de expresarse. Para que un sentimiento fluya y encuentre una mejor forma de manifestarse es preciso retomar esa función del lenguaje, más primaria y esencial; aquella que nos constituye como sujetos, la palabra tocando el cuerpo aun antes de alcanzar la compresión de su significado. Esa lengua materna que quedó inscrita en las caricias y en las ausencias.

Si una palabra o situación puede provocar nuestro enojo desmedido, ¿es acaso modificando nuestra respuesta como podemos eliminar la reacción? En el mejor de los casos, la respuesta es eliminada para ser reemplazada por otra que la mayoría de las veces es tan diversa, pero no por ello menos dañina, que no se la suele relacionar.

El mundo se dirige hacia una homogenización generalizada. Tenemos la sensación de que elegimos pero no reparamos que las opciones que tenemos en la mesa son, por lo general, similares. Cada vez nos vestimos de forma más parecida, saltando generaciones y nacionalidades. Nuestros estilos de vida se van asemejando cada vez más, perdiendo a pasos agigantados tanto la diversidad biológica como la cultural.

Cumplir con los ideales que se imponen hoy en día puede muy bien provocar estrés o ansiedad, cambiar esas conductas no pueden tener otra intención más que las de adaptar a ese individuo que fracasa en responder a la demanda social y muestra su disconformidad de esta enigmática manera. Y adaptar supone siempre un dominio sobre el otro, un control, en cuyo caso el autocontrol y el autodominio responderían más bien a una demanda del otro (psicologo, maestro, psiquiatra, etc.).

miércoles, 31 de marzo de 2010

La imagen corporal

¿Qué lugar tiene la imagen corporal en nuestra cultura, cómo surge, y por qué cambia?
Tradicionalmente, para responder a estas preguntas en el campo social y psicológico, las investigaciones se han ocupado más de la mujer que del hombre. Los estudios sobre los efectos de la distorsión de la imagen del cuerpo en el hombre son mucho más recientes.

A partir de la década de los sesenta, la publicidad ha ido ocupando un lugar importante, aunque no exclusivo, en la configuración de los ideales y expectativas de los seres humanos y por lo tanto, también, de la imagen corporal que forma parte de nuestra subjetividad.

En algún momento, probablemente con el uso generalizado de la píldora anticonceptiva, la mujer empezó a cambiar la relación con su cuerpo. Cuestiones como decidir cuándo tener hijos, cuándo casarse o trabajar, fueron ampliando sus opciones. La mujer salió del hogar y empezó a frecuentar lugares hasta entonces reservados al género masculino.

Esto que resumo aquí en una líneas se fue dando de manera paulatina y propició un cambió sustancial en la relación con la sexualidad y por ende, con el propio cuerpo; no solo en la mujeres, también en los hombres.
Aunque el cambio para el hombre no fue tan evidente, el hecho de que la mujer cambiara sus expectativas, deseos y elecciones, le abrió también a él un abanico nuevo de posibilidades.

La relación entre la imagen corporal y la autoestima es casi obvia, pero no lo es tanto el mecanismo por el cual esto es así. La cosa empieza muy pronto, desde que nacemos, pero se destaca cuando el pequeño descubre la imagen en el espejo, cuando se reconoce en ella ante el regocijo de sus padres. Ese que se refleja en el espejo es “él”, niño adorado por sus padres, la primera representación de su “Yo”. Este descubrimiento esta unido a la respuesta del otro: madre, padre o cualquiera que cumpla esa función primordial. De esta forma la imagen queda vinculada a la mirada amorosa de quien se hace cargo, cuida y provee a ese pequeño que se va constituyendo, con cada experiencia, en sujeto humano. Al mismo tiempo, esta mirada es, por decirlo de alguna manera, modelada por los ideales de la época. Las expectativas para uno y otro sexo irán diversificándose a medida que vayan creciendo. Pero para ambos la imagen del cuerpo será el lugar privilegiado para anclar la personalidad.

Para volver a nuestra pregunta: ¿cómo ha cambiado la imagen corporal del hombre?  En los últimos años el cuerpo del hombre se ha ido haciéndose cada vez más visible. Del hippie de los años setenta, de cabello largo y un tanto desaliñado, pasando por el “Yuppi” (profesional joven y urbano) de los ochenta, trajeado y perfumado, llegamos hoy al Metrosexual de las cremas para borrar arrugas, los tintes en el pelo y las cirugías estéticas.  Lejos estamos de aquel viejo dicho “el hombre como el oso cuanto más feo más hermoso”. El mercado estético lo bombardea también a él que busca detener el tiempo y cuidar su aspecto físico tanto como ella: implantes de cabello, dietas, tratamientos faciales y quirúrgicos, empiezan a enfocarse a un público masculino en aumento.

Lo interesante de éste cambio en la percepción de la imagen es pensar en el mecanismo que posibilita que esto se dé.  La imagen que tenemos de nosotros mismos es lo que mostramos y aquello por lo que creemos ser amados. Es nuestra carta de presentación. Pero no es solo nuestro cuerpo aquello que conforma esta imagen, también se incluyen otros aspectos valorados o no por el entorno más cercano y por la sociedad.  Lo que sucede hoy en día es que la imagen corporal va tomando cada vez más protagonismo. La publicidad nos devuelve este fenómeno de manera amplificada, toma nuestras aspiraciones y las ofrece como posibles. Cuerpos perfectos y desprovistos del paso del tiempo en respuesta al ideal de juventud eterna.

La idea más extendida ha sido siempre que estas imágenes afectaban más a la mujer que al hombre. El mercado nos muestra que esta idea no es cierta.  Cuando la mujer se libera del ideal social privilegiado para ella: el de madre y esposa, sus deseos también cambian. Ahora ella también mira y el mercado da testimonio de esta mirada al desnudar el cuerpo masculino en sus anuncios publicitarios

Si la percepción del cuerpo va cambiando es porque no somos aquello que se refleja en el espejo (este espejo sostenido por la mirada del otro) La percepción no es perfecta, es una mezcla entre nuestras primeras vivencia en la infancia, los ideales culturales y las experiencias con las que nos vamos encontrando a lo largo de nuestras vidas.

Por esta razón, la imagen que tenemos de nosotros no puede congelarse como si fuera una fotografía; inevitablemente irá cambiando y este cambio suele ser apenas perceptible. Un día nos sorprende encontrar un rostro distinto en el espejo que no coincide con la imagen que llevamos dentro. Descubrimos esa arruga que delata nuestros años y sin embargo, no alcanzamos a ubicar ese cambio en la percepción cotidiana que tenemos de nosotros, pues nos seguimos sintiendo tan jóvenes como siempre.

Hay etapas y momentos en la vida que tornan más evidente esta diferencia entre la imagen que nos devuelve el espejo y la que tenemos interiorizada: los primeros años de la adolescencia son quizás el mejor ejemplo de este desencuentro y por ello, donde suelen surgir los trastornos alimenticios. El embarazo es otro momento ejemplar donde la imagen corporal cambia radicalmente en un tiempo breve. Pero lo usual, a lo largo de nuestras vidas, es que estos cambios se den de manera paulatina y ello permite que vayamos ajustando nuestra percepción.

En la publicidad esta característica de la imagen en constante cambio no aparece, es borrada, la imagen se congela. El hombre que se muestra en el anuncio de algún perfume o marca de ropa esta impecable, sin defecto alguno. Ese mismo hombre, en la realidad, puede ser desaliñado, sucio o antipático. Con esto quiero destacar que somos más de lo que mostramos y vemos en nuestra imagen y que, aunque ésta intente resumir quienes somos, esta muy lejos de lograrlo. Así, somos de una manera al levantarnos y de otra al asistir a una reunión de la empresa. Somos de una manera cuando pasamos por un momento difícil y de otra cuando estamos en una entrevista de trabajo. Somos muchos rostros y muchos cuerpos a lo largo del tiempo y al mismo tiempo. En algún lugar conservamos nuestra imagen cuando niños y adolescentes, pero también, la fantasía de lo que seremos cuando viejos. La integración de estas imágenes es lo que nos lleva a buscar un ideal que las unifique en el tiempo.

Si la anorexia esta identificada como el trastorno de alimentación que más afecta a las mujeres, del lado del hombre encontramos a la vigorexia, lo opuesto a la anorexia (la musculatura llevada al exceso). Ambos trastornos de la imagen corporal nos dan una pista de los ideales para uno y otro sexo y las consecuencias que éstos pueden tener cuando se los congela en una imagen, cuando aquello que la vincula a la constitución de la personalidad y la mirada del otro, por algún motivo falla.

Quien sufre de anorexia como de vigorexia, no puede conciliar la imagen que tiene de sí a la imagen que le devuelve el otro (representada en el espejo). Por eso, cuanto más intenta llegar la anorexia a esa imagen de delgadez que su cerebro no alcanza a ver, más se acerca a la muerte y lo mismo podemos aplicar a la vigorexia. ¿Dónde esta el limite de esa imagen de delgadez o de musculatura que se persigue? La imagen, al congelar tiempo, sustrae del ideal la esencia de la vida, que es movimiento. En este sentido, acercarse a esta imagen es anular la vida y la anorexia, tanto como la vigorexia lo ponen en evidencia.

domingo, 28 de marzo de 2010

Prisa por amar, prisa de olvidar

El mes de febrero, con las vitrinas plagadas de corazones, nos invita a pensar en el amor y todo lo que ello implica. Si el sentimiento en el que se apoya el mercado tiene que ver con el lado más romántico del tema, nuestras reflexiones nos llevan a detenernos en otros aspectos.

Las sociedades de hoy van cambiando rápidamente. Internet y la globalización tienen mucho que ver en ello. Son representantes privilegiados de este cambio en la mentalidad de nuestras sociedades, de la necesidad humana de ampliar horizontes y explorar nuevos mundos.

¿Qué implica este nuevo panorama social para el amor y la pareja? ¿Acaso el amor es un sentimiento que circula por su propio tiempo y que no se deja influenciar por crisis económicas, guerras o cambios sociales y culturales?

Lo cierto es que el amor se deja tocar por estas cuestiones y muchas otras. Por ejemplo, se sabe que las separaciones aumentan luego de las vacaciones cuando la convivencia fue mayor y que las crisis económicas afectan no solo a la economía familiar, sino también a las relaciones de pareja.
¿Qué tan posible es hoy sostener una relación de pareja que perdure? ¿Por qué los divorcios son moneda común?

Es posible que el secreto este en encontrar una distancia óptima, en la que los deseos y aspiraciones de uno, no apaguen o debiliten los del otro. Esta justa distancia en la que dos universos distintos puedan desarrollarse y florecer con todo su potencial. Pero aquí viene la complicación, pues esta distancia óptima no es fácil de hallar. No porque no exista sino porque, sumergidos en la vorágine de la vida moderna, bombardeados con ideales imposibles de alcanzar, vamos perdiendo la medida de la distancia y con ello dejamos de ver al otro, en este caso, al otro amado. Agobiados y estresados por la exigencia del éxito, por los años que se escapan, solemos pasar por encima de la persona que más cerca tenemos. Así, esta cercanía que una vez hizo alianza, luego se vuelve tormento.
¿Qué sucedió? ¿Por qué de pronto la cercanía se volvió toxica y el amor se esfumó por la primera puerta?

El amor es ese lazo profundo que nos une a otra persona. Si por un lado nos da fuerza y le da sentido a nuestra existencia, por el otro, nos exige atención, concesiones y renuncias. Es como si luego de un tiempo, con la seguridad del amor a nuestro lado, emprendiéramos una carrera y sabiéndonos ganadores tuviéramos que aminorar el paso, pues nuestro principal aliado ha quedado rezagado. En una sociedad poco generosa con aquel que se ausenta del espacio social (maternidad, migración, enfermedad, duelos, etc), puede resulta difícil compaginar la atención que requieren las relaciones con las exigencias sociales. Si algo daña las relaciones humanas es la falta de tiempo. Por eso buscamos desesperadamente tiempo de calidad. Pero, ¿hay calidad en la prisa?

En una época en donde se busca la recompensa inmediata, el amor no ofrece garantías y tampoco da pistas concretas de cómo lograr el éxito. Para complicar aun más el tema, es imposible predecir lo que nos va a pasar a lo largo de la vida y cómo esto puede afectarnos y por último cambiar nuestra manera de ver el mundo; mucho menos podríamos predecir cómo puede esto afectar a nuestra pareja. Si algo contribuye a complicar el trayecto de a dos que implica vivir en pareja es la dificultad que tenemos como sociedad de detenernos a reflexionar, a mirar, a escuchar.

Que los tiempos y las distancias se acortan es lo que han puesto en escena Internet y la globalización. Embebidos por la multiplicidad de opciones, nos sumergimos en el exceso, de contenidos, de objetos. La saturación suele concluir en un estado en el que ya no queremos nada, caemos en la apatía. El amor por el contrario requiere de un lugar, el embotamiento del exceso satura todo lugar. Podríamos decir que nuestras sociedades de hoy son “obesogénicas” en muchos sentidos, devoramos todo lo que el mercado ofrece: ropa, coches, viajes y el planeta entero.

Cómo recuperar la sutileza que introducen un punto o una coma en una frase, esa sutileza que es pausa, tiempo esencialmente distinto de un tiempo productivo. En el tiempo del amor no se fabrican objetos a consumir, es simplemente tiempo para recuperar el aliento, tiempo de la caricia y el beso, de la mirada cómplice, tiempo de escuchar el tiempo del otro.
El amor es complejo porque acerca dos mundos ajenos, no se trata de fundirlos en uno solo, sino de crear una versión distinta de ambos siendo juntos.

Las relaciones humanas son el alimento básico para la vida, ha sido ampliamente estudiada la dificultad de los recién nacidos para vivir sin alguien que los convoque a ello. Por eso, a pesar de las dificultades o las malas experiencias que podemos tener en este terreno, lo cierto es que seguimos buscando con quien compartir nuestra vida. El amor es el lazo social por excelencia, pero un lazo que la prisa y la voracidad en la que habitamos hoy amenazan con disolver.

El amor va contrarreloj, habita en la temporalidad del instante; acurrucado en el abrazo. Recuperar el espacio donde la palabra que comunica sea protagonista, tanto para escuchar como para decir, es hoy el mejor regalo que podemos ofrecer.

viernes, 19 de marzo de 2010

Ese imposible "Fracaso escolar"

Siguiendo la tendencia social de evaluar, clasificar y etiquetar, se ha identificado otra problemática que, junto con la obesidad y la depresión de las que hablamos en entradas anteriores, parece ir en aumento. Me refiero a lo que se ha convenido en llamar “fracaso escolar”.

Los niños tienen una manera propia y particular de manifestar el malestar. Ellos no cuentan espontáneamente, algunos adultos tampoco habría que reconocer, lo que les molesta, lo que les duele o perturba. En general, viven muchas cosas de una forma pasiva, es decir, porque los adultos los llevamos a ello. Viven pasivamente las crisis familiares, los cambios de residencia o de colegio, etc. Esto forma parte de su entrada en el universo social, porque los niños nos recuerdan que el ser humano civilizado no es algo natural. Es necesario que haya alguien que introduzca al niño en el mundo del cual él podrá posteriormente apropiarse. Esta introducción se hace desde el amor, no es mecánico, el niño solo tomará la mano, para ingresar en el mundo social, de aquel con quien se siente protegido y amado. El lenguaje, la educación, la reglas sociales y las leyes, son lo espacios con los que los niños irán poco a poco aprendiendo a desenvolverse hasta llegar a incorporarlos para hacerlos suyos. Por supuesto cada uno dará una versión propia de esta experiencia, es lo que solemos reconocer como historia personal.

En cierta forma, la historia personal de cada sujeto ser irá armando con estos encuentros, resistencias, rebeldías, elecciones, porque hay que decirlo, aun de la mano de mamá y papá, el niño por momentos también querrá llevar a mamá o papá hacia otra dirección.

Dentro de este panorama, el colegio siempre ha funcionado como un lugar intermedio entre la protección del hogar familiar y el inmenso espacio social. En la escuela los niños irán poco a poco, a lo largo de 16 años para la mayoría, insertándose en lo que después será el mundo adulto. Y como sociedad deberíamos preguntarnos sobre las consecuencias de que este espacio intermedio se haya ido ampliando cada vez más.

En este mundo intermedio, con reglas precisas, exigencias y continua educación, los niños irán aceptando que ya no son el centro del universo. Sin detenernos a pensar en las miles de cosas que pudieran estar pasando en su entorno más inmediato: desde una ruptura de la pareja parental o la muerte de un ser querido hasta el cambio de domicilio o el nacimiento de un hermano. Todas estas cuestiones repercutirán en su adaptación a ese microcosmos social que es el colegio.

El denominado “fracaso escolar” lleva ya un infeliz nombre. Seria difícil pensar cualquier desajuste escolar en términos de fracaso pues todo el proceso de socialización puede presentar en algunos momentos diferentes desajustes: prestar atención, sentarse largas horas en una silla, pasar una jornada laboral en el colegio no son cuestiones que va de suyo realizar. Aquí como antes, el niño, cuando no se sienta seguro o conforme por alguna razón, tenderá a llevar a la mano de mamá o papá o maestros, hacia otra dirección. Por otro lado, si un niño presenta dificultades en seguir el ritmo escolar, las razones probablemente se encuentre en un malestar emocional. Y un problema no podrá atenderse ignorando el otro.

Las dificultades para concentrase, comprender o simplemente la rebeldía al hacer las tareas, son formas a las que los niños recurren para hacerse oír, para que su mundo sea tomado en cuenta. Esto no significa en modo alguno que uno consienta y sea permisivo con el descuido de las exigencias escolares, pero si se quiere incidir en las dificultades que a lo largo del proceso de escolarización puede presentar cualquier niño, se deberá estar atento tanto a las circunstancias especiales por las que esté atravesando el niño, como al cada vez más exigente mundo en el que vivimos, incluido el estrés o exigencia desmedida de los padres y las miles de actividades que realizan la mayoría de los niños en los países desarrollados. El tiempo libre parece ser algo prohibitivo en el mundo desarrollado.

Mientras reflexionamos sobre la sociedad que vamos construyendo y las implicaciones que puedan tener en nuestras conductas, hagamos un espacio para que los niños sientan que los adultos que están a cargo de su socialización, no han dejado de escucharlos.

domingo, 14 de marzo de 2010

Depresión. Un malestar en aumento

La depresión ha sido reconocida como la primera causa de baja laboral. Su incidencia en la población es tan alta que también ha sido llamada como la enfermedad del siglo.

Las manifestaciones clínicas de la depresión son muy diversas. La personalidad y circunstancias de la persona pueden contribuir a que se apoye en unos síntomas y no en otros. La persona deprimida puede estar irritable o apática o ambas, puede comer de más o de menos, puede mostrar un semblante taciturno o por el contrario exagerar sus reacciones. Es por ello que resulta ejemplar para acentuar el recurso de la psicoterapia como la mejor vía de tratamiento.

La depresión es una de las formas clásicas del sujeto de manifestar la compleja interacción con el Otro. Lo característico de la depresión hoy en día no es la diversidad de manifestarse sino el aumento y distribución de la misma, llegando inclusive a manifestarse a edades cada vez mas tempranas.

El otro problema que se plantea con este cuadro clínico, es que hoy en día cualquier atisbo de tristeza corre el riesgo de ser caracterizado como depresión en alguno de sus grados. La tristeza, que puede coincidir en sus síntomas con la depresión, puede estar en distintas etapas de la vida y ser respuesta a situaciones que lo menos que pueden provocar es justamente este sentimiento. Duelos, cambios sustanciales de vida, migraciones, etc, suelen ir acompañados de ciertos síntomas que se asemejan a los de la depresión.

¿Cómo saber entonces si se trata de una depresión? Por lo general será la duración aquello que dará la señal de alarma. La fijeza del síntoma o el estado anímico suelen indicar un malestar que requiere de una psicoterapia para su resolución.

¿Por qué optar por una terapia que utilice como principal herramienta el relato del paciente? Durante muchos años se ha privilegiado la terapia farmacológica para tratar este padecimiento. Los años han mostrado su limitación, pues lejos de reducir su incidencia, esta ha ido en aumento de la mano con el desarrollo de nuestras sociedades modernas.

No se suele vincular la depresión con la historia personal, a lo mucho se asume que es una respuesta adquirida y afianzada a lo largo de la vida y que es posible reorientar la visión de la persona deprimida. Nosotros sostenemos que la depresión no se resuelve de manera conciente y voluntaria, que aquel que esta deprimido y no sale de la depresión no es porque no quiera estar mejor, sino porque no puede. Un espacio en el que se trabaje con aquella parte del sujeto que no controlamos, con aquello que sentimos aun a pesar nuestro, con nuestras reacciones, nuestros fantasmas, nuestros miedos y frustraciones. Que incorpore el discurso del paciente como material en si mismo, es una alternativa que suele dar buenos resultados cuando se atraviesa por una depresión.

viernes, 12 de marzo de 2010

Obesidad. Epidemia del Siglo XXI

La obesidad se ha convertido en un problema grave en las sociedades desarrolladas de hoy en día. Algunos la catalogan como una de las epidemias del siglo XXI. Las cifras que se manejan son alarmantes. Los cambios en el estilo de vida y la alimentación parecen ser los grandes culpables. Se calcula que alrededor del 50% de la población mundial tiene sobre peso. Si pensamos que alrededor de mil millones de personas padecen hambre en el mundo, el cuadro puede resultar insoportable.

No cabe duda de que el tema tiene ramificaciones profundas hacia distintas causas. Dejemos de lado por el momento la reflexión en torno a la desnutrición, para pasar a pensar si acaso el desarrollo económico nos sumerge en el exceso, en la ausencia de límites. Son muchas las problemáticas que se viven actualmente que podrían pensarse desde esta perspectiva y el sobrepeso no escapa a ello. Si bien es cierto que el coche, los trabajos de escritorio y el televisor y las consolas nos invitan a estar más tiempo sentados, también lo es que el transporte público, los grandes desplazamientos, las múltiples tareas que realizamos hoy en día ( las casa, los hijos, el trabajo, la vida social, etc), implican un gasto energético considerable. Así que, dejando de lado el movimiento que será en algunos casos mayor y en otro menor, nos queda la alimentación. En esta interviene el mercado, qué se vende, cómo se vende y por qué lo compramos.

Pensemos en esto, para sostener el sistema social y económico que hemos creado, nos convertimos en devoradores. Nos tragamos todo lo que la sociedad moderna ofrece y la comida no tenia por qué escapar a esta lógica. Pasamos de sociedades fumadoras a devoradoras.
El gran mercado económico que esta surgiendo alrededor de este aparatoso malestar de nuestro siglo, es alarmante. De tal forma que podemos calificar a nuestras sociedades de hoy como “obesogénicas”, que contribuyen a alimentar la obesidad en lugar de frenarla.

El avance de esta problemática la vemos hoy en el aumento de la obesidad en la población infantil. Aquí el problema se hace más evidente, pues es el Otro, quien da de comer; el Otro, quien introduce el límite en el niño. El niño pide, reclama y para ello, utiliza los medios que tiene disponibles. Lejos de ser una cuestión pedagógica, nos enfrentamos aquí a estilos de lazo social que se van trasmitiendo de generación en generación.

Todos tenemos una historia personal con la comida, ya sea que de niños fuéramos grandes comedores o por el contrario diéramos motivos de preocupación por comer muy poco. En los niños la comida es uno de los elementos clásicos donde se presenta la rebeldía, donde se empieza a decir “no quiero”. Cada padre reaccionará a este “no quiero” de distinta manera, alguno podrá entenderlo como una etapa necesaria en la constitución de la personalidad y otro, por el contrario, se angustiará.

¿Qué hace que la comida sea tan especial y tan susceptible de transformarse en un problema? El alimento es la representación de la vida, es aquello que la madre proporciona al niño para que crezca sano y saludable. Si alguien no come se entiende que puede enfermarse. Los niños ponen el dedo en la llaga cuando se niegan a comer. Para ellos es una forma más de mostrar autonomía, para los adultos, un tema de preocupación. La comida así se vuelve un elemento clave para la vida, pero también para la relación con el Otro. ¿Cuánto necesita comer una persona para mantenerse saludable? Seguramente mucho menos de lo que comemos. Es evidente el rasgo propio que ha adquirido el alimento por fuera de su función biológica.

Todos tenemos una historia en relación a la comida, transitarla para descubrir y liberar el sentido ahí aprisionado es algo que solo se hace a través de las palabras, en una terapia que incluya esta perspectiva; tomando en cuenta que olvidar no es el opuesto de recordar, sino de repetir.

Dietas, tratamientos médicos, pastillas para controlar el apetito, podrán llevar a una reducción de peso, pero no cambiaran la manera profunda y arraigada que tenemos de vincularnos con la comida; ya sea que se lo haga desde el rechazo o desde el exceso, pues ambas formas conllevan una ausencia en el límite. En ese lugar en el cual, como los niños, habría que decir “no quiero”.

jueves, 11 de marzo de 2010

Las palabras y nosotros. Segunda parte.

Resultaría imposible medir el alcance e importancia del lenguaje en nuestra vida psíquica., pero lo que si sabemos es que una parte importante de nuestra existencia se desarrolla en éste espacio. Los olores que evocan nuestros recuerdos, las palabras que nos duelen o nos detienen, las que nos conmueven o nos enfurecen, no son las mismas para todo el mundo. Es ésta sutileza que las distingue, la parte del lenguaje que hacemos propia; como esa lengua materna que sentimos nuestra, tal como si fuera una segunda piel que sin embargo no somos capaces de precisar.
Cada persona será única al hablar de una sensación o un sentimiento y de esclarecer un problema o dar una explicación. No usaremos ni las mismas palabras, ni el mismo tono de voz; pero tampoco podremos estar cien por ciento seguros de aquello que estamos trasmitiendo.
¿Cómo saber con certeza si el tono que uso para decir algo será percibido como tal por el destinatario de mi mensaje? Los ejemplos de malentendidos entre diferentes culturas que sin embargo hablan la misma lengua son infinitos. Pero no solo aquí abundan los malentendidos, también nos topamos con estos inconvenientes en las relaciones entre amigos, de pareja, familiares: cuando uno quiso decir algo y solo se da cuenta que dijo otra cosa al ver la reacción de su interlocutor. Hay ejemplos aun más claros de esta lengua que parece habitar otro escenario: lapsus, que mucha gente toma sólo como un desafortunado error, pero que dan cuenta del poco control que tenemos respecto a lo que queremos decir.
Muchas discusiones interminables encuentran su atolladero en esta realidad de la lengua que nos resulta desconocida. Solemos pensar que lo que decimos es realmente lo que queremos decir y al mismo tiempo, que lo que el otro nos dice es totalmente intencional. Lamentablemente a veces no es así y sin embargo, muchas relaciones concluyen a causa de este malentendido propio del ser hablante.
Esa parte que permanece enigmática aun para quien la dice, es la que da la sensación de transitar un camino propio, como si no pudiéramos controlarlo; tanto si nos damos cuenta como sino, parece seguir su propia agenda, sus propias leyes.
Por esta razón, una terapia que de lugar al relato del paciente, sin imponerle un tema específico, suele resultar muy efectiva en muchos padecimientos. No es extraño que los ataques de pánico encuentren su razón de ser en una lógica semejante. Por ejemplo, una situación que por asociación de algún elemento reviva otra que en su momento fue traumática para esa persona y todo esto, sin que la persona en cuestión pueda decir algo acerca de ello. También las fobias pueden encontrar su lógica en esa lengua tan personal siendo que él o los objetos que disparan la fobia, siguen un mapa que se va generando por asociación. Es así que se llega a vislumbra, en terapia, que el objeto fóbico no es cualquier objeto tomado al azar sino que corresponde a una historia en un momento particular en la vida de esa persona.
Lamentablemente lo usual en estos tiempos, a diferencia de aquel que iniciaron hombres como Charcot y Freud, es tratar estas dolencias por medio de fármacos. Las pastillas pueden ayudar a reducir la ansiedad, pero no alcanzan a tocar los eslabones de la cadena por donde transita la fobia o por donde se atora el ataque de pánico. Así, si estos hombres que la historia guarda, abrieron las puertas de la articulación entre los síntomas psíquicos y el lenguaje, nuestro tiempo los vuelve a silenciar atribuyendo como causa a los genes.
Hace unos días me topé con una noticia acerca de una investigación que descubrió que la causa de comer más está en el cerebro. Según decía la noticia: “encontraron evidencias de los mecanismos a través de los cuales interactúan el cerebro y el estómago con las emociones que provocan comer en exceso y la obesidad”. Estas investigaciones establecen la íntima relación entre las emociones y el cuerpo, y por lo tanto, con la palabra. Desde esta perspectiva, las terapias psicológicas podrían hacer mucho por una persona que no encuentra la manera de frenar el ansia de comer, pues es justamente en la interrelación entre el cuerpo y los sentimientos donde habita esta lengua materna tan propia de cada ser humano, esta manera de hacer del lenguaje una marca que nos distingue.
Vivimos en épocas de importantes e interesantes avances en el campo de la genética, por ello, también, se corre el riesgo de depositar las esperanzas de encontrar respuesta a todos los males en este ámbito. Todos hemos escuchado que la depresión se encuentra entre las primeras causas de baja laboral: ¿cómo es posible que algo genético se distribuya de manera tan veloz? Si lo genético no es la causa, ¿no valdría la pena darle un espacio a la cura por la palabra? tomando en cuenta que ésta lengua singular no respeta ni las exigencias ni las prisas sociales; que transita por otras esferas, donde el tiempo de los relojes no ha conseguido domesticar su ritmo.

Las palabras y nosotros. Primera parte.

Todos sabemos, de manera intuitiva, que hablar de lo que nos pasa nos alivia. ¿Cómo funciona? ¿Por qué el hecho de poner palabras a nuestro malestar puede tener el efecto de aliviar la angustia, el sufrimiento o inclusive eliminar un malestar físico? Porque el lenguaje no es solo un instrumento para comunicarnos. En cierta forma, el lenguaje habita nuestro cuerpo. De todas las palabras que escuchamos siendo niños y las historias que nos contaron o que simplemente escuchamos sin ser los destinatarios directos, solo algunas tomarán peso e importancia en nuestra vida.
En la década de 1880 un renombrado neurólogo francés, Jean Martin .Charcot, demostró a la comunidad científica de la época, que los síntomas histéricos tenían una intima relación con la sugestión (aunque hoy la histeria no existe como cuadro clínico, muchos otros se derivan de ella: los ataques de pánico y las depresiones, así como diversos trastornos de la personalidad). Mediante hipnosis, eliminaba e introducía síntomas histéricos como las parálisis.
Neurólogos de la época se dieron cuenta que estos síntomas no respetaban las leyes anatómicas o la estructura de las terminaciones nerviosas. Tal era el caso, por ejemplo, de una parálisis histérica que afectara a las piernas. Dicha parálisis se ceñía al uso común de la palabra pierna; por el contrario, de ser producida por una lesión orgánica, involucraría partes del cuerpo que el uso común de la palabra no incluye.
En este panorama del campo de la salud mental, un neurólogo vienes, y discípulo de Charcot, Sigmund Freud, dio un paso más estableciendo la relación de los síntomas histéricos con el lenguaje. Así, si Charcot mostraba, utilizando la hipnosis, que estos síntomas podían estar y desaparecer mediante una orden del hipnotizador, Freud estableció que estos síntomas, que más que en leyes orgánicas, se apoyaban en las leyes del lenguaje, eran consecuencia de un conflicto psíquico. De esta forma quedaba establecido el vínculo entre la palabra y el cuerpo.
Como consecuencia de este descubrimiento iniciado por Charcot y retomado por Freud. Las psicoterapias tienen, como punto de apoyo el lenguaje. Algunas acentuarán más la función de comunicación y otras, por el contrario, se detendrán en éste espacio que parece habitar de forma paralela todo lo que decimos y lo que hacemos.
Sin embargo, hoy en día, socialmente hablando, el lenguaje ha perdido éste reconocimiento. Las estadísticas y directrices pedagógicas no apuntan a éste lado ilógico e irreverente que podríamos vincular a la lengua, para destacar su aspecto más intimo y diferenciarlo del término lenguaje, más formal y académico.

lunes, 8 de marzo de 2010

Presentación


La psicología va entrando con fuerza, ha encontrado finalmente una puerta abierta y pasa, explicando y aconsejando sobre temas relacionados con la salud mental: depresión, trastorno obsesivo compulsivo, obesidad y un gran número de síntomas, van haciéndose cada vez más presentes en internet.
Aunque esta entrada de la psicología en Internet es relativamente nueva.  Hoy en día podemos encontrar páginas web, portales y blogs dando información, consejos y hasta terapia online.  No es difícil reconocer aquí la lógica del mercado que absorbe todo producto para su comercialización. 
En este espacio aspiramos a escapar de esta carrera por vender, apostamos por un lector que vaya en busca de la diferencia.  Que necesite pensar, reflexionar y abrirse paso para ello por la infinidad de información que existe hoy en la red.  Nuestro objetivo es informar, pero también señalar los lugares comunes que se pueden prestar a equivoco, las generalizaciones y una tendencia creciente en patologizar toda conducta humana que no encaje dentro de las estadísticas.  Pensar la interrelación entre los diversos malestares y el estilo de vida y sociedad en el que vivimos hoy, pensando al sujeto humano en interrelación con su época. 
Nuestra intención es trasmitir algo diferente sobre temas que atañen al dolor psíquico, a un malestar a veces difuso que va buscando desesperadamente una palabra donde asirse. 
No somos masivos, no aspiramos a llegar a un número ilimitado de lectores, apostamos a los distraídos, extraviados, disconformes; aquellos que se siguen preguntando acerca de las razones de su sufrimiento, del malestar que desborda el mundo.  Decimos para aquellos que necesitan ser escuchados, que precisan de este maravilloso lenguaje que nos atraviesa para pensar y pensarse y en el acto mismo de hacerlo, existir.  Nos dirigimos a aquellos para quienes su historia, sus fantasías, sus sueños, todavía son importantes.